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Reflexión de Cuaresma

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¿Puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin asumir las diarias exigencias de la vida cristiana, sin morir a los propios vicios y pecados para renacer diariamente a la vida en Cristo, sin abrazar con paciencia el dolor y el sufrimiento que también nosotros encontramos en nuestro caminar? ¡NO! El Señor nos ha enseñado claramente: «El que no carga su cruz y me sigue detrás, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,27).

Cristo cargó su cruz y por nosotros murió en ella. Nuestra vida, para que se asemeje plenamente a la del Señor Jesús, debe pasar por la experiencia de la cruz. Al seguir a Cristo no se nos promete: “¡Todo te va a ir bien!” Al contrario, se nos advierte de pruebas y tribulaciones: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclo 2,1; ver Mt 10,22; 24,9; Jn 15,18; 17,14). La vida cristiana no es fácil, no está exenta de pruebas, a veces muy duras. ¡Y cuántos sucumben a las pruebas apenas el camino se torna “cuesta arriba”, apenas experimentan oposición, apenas se les exigen ciertas renuncias! Por ello es necesario alcanzar la paciencia, la resistencia en el sufrimiento, en la adversidad.

Pero, ¿quién será capaz de resistir la prueba, de soportar el peso de la cruz y dejarse crucificar en ella, sin una esperanza que lo sostenga, sin un premio que lo estimule? Por ello, antes de cargar con su propia cruz hasta el Calvario, antes de dejarse crucificar Él mismo para reconciliarnos, quiso el Señor mostrar un breve destello de su gloria a tres de sus apóstoles, para hacernos entender que si bien “no hay cristianismo sin cruz”, la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena y gozosa participación de su gloria.

Así, pues, cada vez que las cosas se tornan difíciles en tu vida cristiana, cada vez que experimentes la prueba, la dificultad, la tribulación, cualquier sufrimiento, ¡mira el horizonte luminoso que se halla detrás de la tiniebla pasajera! ¡Mira la gloria y el gozo que Él te promete! ¡Mira la Luz, para abrazarte con paciencia a tu cruz! Tuya será la gloria eterna si perseveras fielmente unido a Él en toda tribulación (ver Mc 13,13).

MEDIOS CONCRETOS

1. Piensa por un momento: ¿qué situaciones de la vida cotidiana me hacen sufrir? Escríbelas en un pequeño papel y dóblalo. Luego ponlo a los pies de un crucifijo en tu cuarto (o entre la pared y la cruz si lo tienes colgado). En ese mismo momento haz un acto interior, una breve oración ofreciéndole al Señor tu sufrimiento y adhiriéndote a su Cruz de corazón. Escucha al apóstol Pedro que te alienta y exhorta con estas palabras: «alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria» (1Pe 4,13). Reza con San Pablo: «me alegro por los padecimientos que soporto… y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Puedes repetir este ejercicio cada día.

2. Pide diariamente a Dios la gracia para poder adquirir y vivir la virtud de la mortificación, virtud que nos ayuda a sufrir pacientemente e ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades al misterio del sufrimiento de Cristo.

3. ¡De cuántas cosas nos quejamos en el día simplemente por quejarnos! La queja manifiesta una falta de paciencia en el sufrimiento. Para vivir la mortificación proponte evitar quejarte de lo que te incomoda, de lo que te molesta, de lo que te duele o te cuesta… así aprendemos a vivir la virtud de la mortificación.

4. Cuando experimentes un sufrimiento intenso en tu vida, que tu alma se desgarra y se hunde bajo el peso de una cruz que te resulta muy pesada para cargar, no desesperes, no te rebeles, no le exijas al Señor que te la quite de encima “si es que existes, si es que me amas”. Mira al Señor Jesús, quien cargó con una Cruz muchísimo más pesada que la tuya. Míralo en Getsemaní, Él nos ha dado ejemplo para que también tú en esos momentos aprendas a rezar desde lo más profundo de tu corazón angustiado y atribulado: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Pídele al Señor un corazón valiente como el Suyo, pídele la fuerza interior necesaria para cargar tu propia cruz, y abrázate a ella con paciencia, con amor incluso y con mucha esperanza. Mira la luz, para que te experimentes alentado a cargar tu cruz, y repítete con San Pablo: «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8,18).