Hoy te decimos buenos días señor. Te damos gracias por esta semana que nos has regalado, y nos has mostrado un camino de Misericordia, de amor, generoso, de súplica, confiada y de verdaderos momentos de fe y confianza en ti. Hoy tendríamos que decir” no abandones, señor, la obra de tus manos”. Muchas veces hemos caído como tú, creíste tres veces en el camino del calvario, pero te levantaste y en la tercera caída abrazaste la cruz. Iniciamos nuestra semana con un gran obstáculo como fue el terremoto y sentimos nuestros miedos, desconsuelos e incertidumbres. Pero tú nos has regalado unas palabras grandes y bellas.: “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”. Ahora es el momento de levantarnos y seguir confiando en ti, ayudar a nuestros hermanos y ponernos en sus zapatos. Hoy más que nunca nuestro corazón disponible y generoso se levantará con el ejemplo que Pedro nos dio” no tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy, en el nombre del señor Jesús…. Ahora señor es nuestro momento para reflexionar en tu palabra y sentir todo lo que nos das. Hoy contemplamos la escena de la cananea: una mujer pagana, no israelita, que tenía la hija muy enferma, endemoniada, y oyó hablar de Ti. Sale a tu encuentro y con gritos te dice: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». No te pide nada, solamente te expone el mal que sufre su hija, confiando en que ya actuarás. Pero te haces “indiferente “.
¿Por qué? Quizá porque había descubierto la fe de aquella mujer y deseaba acrecentarla. Ella continúa suplicando, de tal manera que los discípulos piden a Jesús que la despache. La fe de esta mujer se manifiesta, sobre todo, en su humilde insistencia, remarcada por las palabras de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La mujer sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación». Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Esta mujer es muy espabilada. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón. ¡Tienes razón, Señor! Parece como si le dijera: —Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo. La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. —No quieras tener la razón cuando te presentas ante el Señor. No te quejes nunca y, si te quejas, acaba diciendo: «Señor, que se haga tu voluntad».
Ayúdanos, señor, a tener la fe de esta Cananea, que, a pesar de las negativas, encuentras siempre un faro de fe y de esperanza en ti. Que seamos verdaderos discípulos de Consuelo, de compasión y de generosidad para llevar siempre una palabra de confianza en ti. Que este día dedicado a ti señor sea un día de generosidad espiritual y material para orar por las familias que viven este encanto por el terremoto que tú las consueles y ayudes, ya que confiamos en ti. Bendícenos guárdanos y protégenos y dales el descanso eterno a tantas personas que llamaste a tu lado. Extiende tu mano Sanadora en todos los heridos y enfermos en este día. Feliz domingo, lleno de esperanza. Los bendigo y los abrazos de corazón.
PALABRA DEL PAPA
El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28). Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. (Papa Benedicto XVI, Ángelus, 14 de agosto de 2011)
