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15-ago.- domingo de la 20.ª semana del T. O.

No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios

Hoy te decimos buenos días señor. Te damos gracias por esta semana que nos has regalado, y nos has mostrado un camino de Misericordia, de amor, generoso, de súplica, confiada y de verdaderos momentos de fe y confianza en ti. Hoy tendríamos que decir” no abandones, señor, la obra de tus manos”. Muchas veces hemos caído como tú, creíste tres veces en el camino del calvario, pero te levantaste y en la tercera caída abrazaste la cruz. Iniciamos nuestra semana con un gran obstáculo como fue el terremoto y sentimos nuestros miedos, desconsuelos e incertidumbres. Pero tú nos has regalado unas palabras grandes y bellas.: “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”. Ahora es el momento de levantarnos y seguir confiando en ti, ayudar a nuestros hermanos y ponernos en sus zapatos. Hoy más que nunca nuestro corazón disponible y generoso se levantará con el ejemplo que Pedro nos dio” no tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy, en el nombre del señor Jesús…. Ahora señor es nuestro momento para reflexionar en tu palabra y sentir todo lo que nos das. Hoy contemplamos la escena de la cananea: una mujer pagana, no israelita, que tenía la hija muy enferma, endemoniada, y oyó hablar de Ti. Sale a tu encuentro y con gritos te dice: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». No te pide nada, solamente te expone el mal que sufre su hija, confiando en que ya actuarás. Pero te haces “indiferente “.

¿Por qué?  Quizá porque había descubierto la fe de aquella mujer y deseaba acrecentarla. Ella continúa suplicando, de tal manera que los discípulos piden a Jesús que la despache. La fe de esta mujer se manifiesta, sobre todo, en su humilde insistencia, remarcada por las palabras de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La mujer sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación». Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Esta mujer es muy espabilada. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón. ¡Tienes razón, Señor! Parece como si le dijera: —Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo. La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. —No quieras tener la razón cuando te presentas ante el Señor. No te quejes nunca y, si te quejas, acaba diciendo: «Señor, que se haga tu voluntad».

Ayúdanos, señor, a tener la fe de esta Cananea, que, a pesar de las negativas, encuentras siempre un faro de fe y de esperanza en ti. Que seamos verdaderos discípulos de Consuelo, de compasión y de generosidad para llevar siempre una palabra de confianza en ti. Que este día dedicado a ti señor sea un día de generosidad espiritual y material para orar por las familias que viven este encanto por el terremoto que tú las consueles y ayudes, ya que confiamos en ti. Bendícenos guárdanos y protégenos y dales el descanso eterno a tantas personas que llamaste a tu lado. Extiende tu mano Sanadora en todos los heridos y enfermos en este día. Feliz domingo, lleno de esperanza. Los bendigo y los abrazos de corazón.

PALABRA DEL PAPA

El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28). Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida.  (Papa Benedicto XVI, Ángelus, 14 de agosto de 2011)

La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús [...] para vivir una relación personal con él
Reflexión

Jesús no solo no fue escuchado por su gente, sino que en las ciudades donde había realizado la mayoría de sus milagros, Corozaín y Betsaida, se decía de él: “Ahí tenéis a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores”, como testifica el Evangelio de Mateo un poco antes del texto que se ha leído este domingo (Mt 15, 21-28). Es normal que Jesús no se encontrara a gusto en estas ciudades y se retirase a la vecina región de Tiro y Sidón, aunque era territorio pagano. Allí le salió al paso una mujer, pidiendo la curación de su hija.

– A juzgar por lo que cuenta el evangelista Mateo, me parece que estabas algo “quemado” con las ciudades de tu tierra -he dicho a Jesús acercándole su café-.

– Más que “quemado”, entristecido -me ha replicado, agradeciendo con una sonrisa el café que le he puesto delante-. Veía que mi gente perdía la oportunidad de entrar en el Reino de Dios que yo les anunciaba y, en lugar de acoger el mensaje, despreciaban al mensajero.

– Es lo que ocurre cuando nuestros deseos de conversión son escasos. Pero lo que más me ha sorprendido ha sido tu conversación con aquella mujer que te pidió la curación de su hija. En confianza: creo que la trataste con poca delicadeza. De entrada no la escuchaste hasta que tus discípulos insistieron para que la atendieses, porque tú no hacías caso y sus gritos molestaban. Además, tu respuesta fue para desalentar a cualquiera: «sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» -le dijiste…

– Pero también a ella que tanto sufría con la enfermedad de su hija -me ha corregido-. Se me partió el corazón cuando la vi postrada delante de mí, pidiendo ayuda.

– No sé si tus palabras fueron las de un corazón partido -he vuelto a replicarle- porque me suenan a lo más desabrido.

– Si lo dices por haberle recordado que no se debe echar a los perros el pan de los hijos, he de hacerte alguna aclaración. En el Antiguo Testamento se designaba a los paganos como cananeos; por eso, el evangelista dice que aquella mujer era cananea. Y la palabra “perro”, que para vosotros tiene sentido despectivo, la utilizaban los judíos para designar a los paganos. Por eso, me emocionó la respuesta de la mujer: «También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos», dijo. ¡Cuánta humildad y confianza descubrí en sus palabras!

– Pero ¿no podías haberle ahorrado las súplicas y el aparente desprecio de tus palabras?

– Te he dicho que estaba entristecido porque la gente de mi tierra venía perdiendo su gran oportunidad para entrar en el Reino. Por eso quise que se pusiera de relieve la fe de aquella buena madre e hiciera caer en la cuenta a mi gente que debían escuchar mis palabras, contemplar los signos que hacía y preguntarse quién soy yo. Algo parecido ocurrió con el centurión romano que me pidió la curación de un criado suyo y me dijo «No soy digno de que entres en mi casa, pero di una palabra y mi criado sanará». Éste me hizo exclamar: ¡Nunca he visto tanta fe en Israel!

Con la cháchara se nos ha olvidado que teníamos los cafés intactos, así que he dicho a Jesús:

– No dejemos que se nos enfríe el café. Gracias por tu gesto con la cananea y auméntame la fe.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.